Desde hace cuatro generaciones, artesanos mantienen su tradición en la elaboración de calaveritas dulces, elementos indispensables en las festividades alrededor del Día de Muertos, que resisten como símbolo de los valores mexicanos frente a la influencia de Halloween.

Juan Jiménez, de la empresa familiar Dulcería Jiménez Hermanos, dice que el negocio comenzó con sus bisabuelos y se mantiene hasta hoy, cuando ya se está formando a una nueva generación de artesanos para elaborar estos típicos productos, hechos de azúcar o de chocolate.

La celebración del Día de Muertos, cuando las calaveritas se disponen en los altares que se preparan en honor a los seres queridos, es el periodo de más bullicio para la fábrica, ubicada en la Ciudad de México y que el resto del año elabora productos tradicionales como camotes o dulce de leche.

“Para nosotros son las benditas calaveras”, refiere Jiménez sobre el producto estrella, que generalmente comienzan a elaborar a mediados de septiembre, aunque también reciben pedidos desde semanas antes para atender a clientes que viven en el extranjero.

El proceso para elaborar una calaverita de azúcar abarca tres días. En un recipiente de cobre, se meten alrededor de 25 kilos de azúcar y cinco de agua, que se ponen a hervir.

Después de agregar una decena de cucharadas de limón, se espera a que la mezcla esté “a punto de caramelo”, momento en el que se enfría y pasa de un color cristalino a blanco.

Es entonces cuando se rellenan los moldes de barro, se deja enfriar unos minutos y ya se saca la mezcla con la forma característica de la calavera, y que hay que dejar reposar un día antes de empezar con la decoración, tras lo cual hay que dejar pasar otras 24 horas.

Para la decoración primero se ponen papeles de colores en la frente y en los ojos, y a continuación, con la pasta de colores, se hacen los dibujos con una técnica “única”, señala Jiménez.

Esta decoración, agrega, “es un secreto” que se ha mantenido durante mas de 30 años, y que no se enseña a ningún trabajador fuera de la familia. Actualmente, solo la conocen él y su hermano, y en un futuro, sus hijos aprenderán a realizarla.

La fábrica realiza calaveras de doce tamaños diferentes. La más pequeña pesa alrededor de diez gramos, mientras que la más grande es “del tamaño de una cabeza de ser humano y pesa aproximadamente un kilo”, dice el artesano.

Jiménez explica que desde hace una década el negocio “ha aumentado un poco”, pero que este año no ha crecido debido a los terremotos registrados en el país el 7 y 19 de septiembre, así como por la marcha general de la economía, “que desde enero se ha sentido muy, muy lenta”.

Frente a la cada vez más tangible influencia de Halloween en México, el artesano defiende el papel de la tradiciones alrededor del Día de Muertos, para recordar y honrar a los que seres queridos que “no están muertos, nada más se nos han adelantado un poquito, porque todos vamos para allá”.

La elaboración de altares y las visitas al panteón el 2 de noviembre -argumenta- se mantiene con fuerza gracias a las escuelas, que explican a los niños la relevancia de estos festejos.

“Eso de Halloween la juventud lo agarra como la pachanga, hacen su fiesta, salen a bailar, a tomar, pero el homenaje a nuestros muertos es poner la ofrenda”, relata convencido.

En la familia, la tradición de las calaveritas va para largo. Incluso los jóvenes a los que no les gusta esta profesión como forma de vida acuden a la fábrica en sus ratos libres para ayudar.

“Mi padre nos inculcó de niños este trabajo, y es una escuela que no falla”, concluye el artesano. EFE

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